A veces, quiero que el placer sea sólo mío, porque me di cuenta de que me siento culpable. Culpable de cuando me toco sin decirte, de ser sensual sólo para mi. Como si tuviera que aprovechar cada momento de mi deseo para compartirlo contigo, mi placer pensado para ti.
Pero a veces quiero que el placer sea sólo mío. Sentirme en la oscuridad de mi cuarto, bailar desnuda en el espejo del baño, ser la única espectadora. Que liberador no tener que presentarme ante nadie.
Saberme sensual, sexual, sensorial; ser para mi. ¿Cuándo empecé a ser para alguien más? El placer como herramienta, como intercambio, como petición, como limosna, como show, como reafirmación, como autopercepción, como regalo, como recompensa.
Es lo que siempre nos han enseñado: el sexo para cumplir un propósito, no para mi. Ya sea para concebir, apapachar, mantener. Pero sin egoísmo, sino, es un pecado.
Acabo de buscar la etimología de pecado, y lo primero que me sale, de una página de dudosa confiabilidad, es:
La palabra pecado proviene del latín peccatum, término que los antiguos romanos usaban originalmente como sinónimo de tropiezo o equivocación, sin las mismas connotaciones religiosas, dado que la cultura romana clásica giraba en torno a la noción del honor, y no en torno a la culpa.
Tropiezo que te hace perder el honor. El honor también es un concepto asignado de manera desigual ¿Cuántas veces no nos recuerdan (como mujeres, claro) que actuar de manera indebida te puede hacer perder tu “honor”? Honor como forma de control, no sólo de nuestros cuerpos, sino también de nuestros pensamientos.
Crecí sintiéndome culpable por sentir mi propio cuerpo. Mi propio cuerpo, a solas, sin que nadie supiera. Me sentía observada, juzgada, sucia. No hay mayor control que ese, el que te limita cuando nadie te ve.
Pero cuando es para alguien más (específicamente, un hombre) el placer ya no es sólo lujuria: cumple un propósito. Y nunca nos ponemos en el centro de este, siempre es hacia él. Incluso un orgasmo: “tengo que llegar para hacerlo sentir bien”. Mi placer le pertenece.
Entonces, a veces no quiero mandarte una foto cuando me voy a bañar, “aprovechando” que estoy desnuda. No quiero “aprovechar” que estoy caliente para saciar tú lujuria. Quiero que el placer sea sólo mío. No preocuparme por el ángulo de la cámara, por gemir de manera que te guste, de fingir que estoy disfrutando mientras pides verme desde otra posición.
Quiero que el placer sea sólo mío, decirte que me vine y no por ti; no pensé en ti mientras me tocaba. Pensé en mí, en lo bien que me veo, en lo rico que siento, en lo mucho que me gusta. Sólo para mi, sin ningún propósito, más que mi placer.
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