Armelia

En el silencio de la cotidianidad nada se esconde. Es por eso que cada martes o jueves estoy al borde de las lágrimas, como a las siete de la noche después de un día ordinario. —A todos les pasa— me repito, como si eso no lo hiciera aún más triste. “Miedo al compromiso”; miedo a arrepentirme, más bien. 

El año pasado empecé a ver mi vida en retrospectiva, pero no volteando a mis recuerdos ¿cómo me explico? Empecé a ver así el ahora. Cada momento lo veo como si una Armelia más vieja lo estuviera viendo. —¿Cómo lo voy a recordar? ¿Qué les voy a contar a mis hijos de este momento?—; ya no sé si es perspectiva u obsesión. Sólo quiero estar en donde está esa Armelia (porque en mi mente, siempre está mejor).

El tiempo me (nos) consume. Ni siquiera es miedo a la muerte, repito, tengo miedo a arrepentirme. Y probablemente de esto me voy a lamentar, de este delirio de vivir a través de tiempos abstractos, atrapada en un futuro que sólo en mi mente puedo controlar.

Ya no sé vivir en el presente. Me acostumbré tanto a estar en el futuro que ahora veo cada día como si ya hubiera pasado. Una vida de suposiciones, cada vez más ajena y más triste, nostálgica de algo que aquí sigue. “Crisis de los 25”, ojalá estuviera en crisis, estoy en una inquietante calma. 

Soy Armelia y escribo esto porque necesito ayuda: ya no sé cómo escapar de mi cabeza. 

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